viernes, 30 de noviembre de 2012

Un hombre se compró una pluma fuente.

Un hombre se compró una pluma fuente. Solamente le interesó. Nunca había tenido una, y creyó que se vería elegante usándola. Una vez que la tuvo, la llenó de tinta.

Se había prevenido muy correctamente de comprar tinta, no tanto porque el sentido común dicta que para escribir con una pluma fuente y poder ver días después lo que se escribió, se necesita que el trazo lleve tinta; fueron más bien las aclaraciones que el encargado de la tienda le compartió, ya por hacer más dinero o por prevenir quejas de disertaciones, ensayos y síntesis invisibles.

Consiguió un papel. Evidentemente no podía ser cualquier papel, tenía que ser uno digno de aquel evento de inauguración. Comenzó a escribir en él lo que probablemente escribe todo el que estrena una pluma fuente. Su nombre. Una letra, otra letra, otra más. Algunas iban ligadas, otras no se tocaban. Qué desfile, qué gran contento. Al fin todas las letras del nombre quedaron escritas. Lo miró. Era una ventana al pasado. Se podía viajar a ese momento, segundos atrás, en el que había escrito, sin más consideración ante la perpetuidad, su nombre.

Pero pasaba algo. Todo se detuvo. Necesitaba escribir más, necesitaba seguir haciendo eso que había disfrutado con tanta golosina. Se quedó viendo a la pluma fuente, como si estuviera evaluándola.

Entonces pensó. Necesitaba una coartada para escribir más. No se podía escapar otra vez con esa historia de escribir su nombre. Cualquiera que leyera el papel descubriría de inmediato su mentira: habría escrito dos veces su nombre. Entonces pensó que en realidad no importaba qué dijera el papel. No debía hallársele hilación. Empezó a escribir cuantos datos, frases y palabras (de preferencia muy largas y con muchas letras grandes) salían de su mente. "Miércoles veintidós de septiembre", "mesa", "perro", "La suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa", ese camino, ese rastro delicioso, ese desfile debía continuar.

Pasó toda la hora de la comida pensando en letras, analizándolas, comparando cuál era más grande, cuál precisaba más trazos, cuál duraba más en ser hecha. El cuadro era el de un hombre sentado, comiendo con una mano, y con la otra trazando letras en el aire. ¡Qué montón de cosas había pensado! ¡Cuánto tiempo pasaría escribiendo los resultados de tanta meditación!

Después del gran éxito de su última industria, decidió agregar unas pocas palabras más al montón azul existente; pero esta vez deberían ser ordenadas, necesitarían tener lógica. De inmediato se suspendieron todas las preocupaciones que pudieron surgir al proponerse tal reto. La solución sería escribir acerca de lo que sintió en su búsqueda de palabras. Iba a narrar, con todo adorno, el trance de los hechos ocurridos mientras buscaba palabras. Aún más, narraría todo lo que sucedió mientras escribía.

CONTINÚA.

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