martes, 5 de noviembre de 2013
Entre otras.
Si alguien acaso quisiere conocer la majestuosidad del mundo, deberá escuchar el segundo movimiento, Largo, de la novena Sinfonía de Antonín Dvořák.
lunes, 4 de noviembre de 2013
Flor de jamaica.
Una
mujer fue al campo y conoció muchos árboles plantados en el suelo.
Conoció a los helechos, conoció a las begonias y a los hueledenoche.
Conoció hojas que nunca había visto, aprendió el nombre de plantas que
hipnotizaron sus sentidos en un mar verde con cielo azul, o cielo verde
con mar azul. De pronto llegó a un pequeño y flaco árbol que se
levantaba aún hasta unos veinte centímetros encima de su cabeza. Ese árbol, le
dijeron, se llamaba la jamaica. Si se le observaba con los ojos a la
altura media del ojo humano, el tronco llevaba sin pérdidas hasta las
flores. Dichas flores compartían con la sangre dos características: su
color sombrío, triste y vivo, y su capacidad de seducción. A la mujer le
fue aclarado que así, rojas, no eran las flores maduras. —La jamaica
que se usa para el té y el agua, debe estar así, sin florear, mientras
siga siendo roja— aprendió. Ya después se hace blanca y no se puede utilizar.
No estaba, por desventura, en una clase formal de botánica. De haber estado, se hubiera enterado que en realidad se llamaba Hibiscus sabdariffa, y que pertenecía a la familia de las malváceas. Tal vez, sus posteriores decisiones también se hubieran visto afectadas.
En
algún momento de lucidez y curiosidad quiso dar la vuelta a la planta,
conocer sus ángulos. Fue entonces que conoció a la flor de la jamaica.
Un pequeño papelito blanco, un suave y frágil embudito pegado al árbol.
Cuarenta y seis segundos después, se encontraría ya privada por la flor,
enamorada de su aroma, de su rostro y su diminuta majestuosidad. Esta
mujer tuvo entonces un episodio que muchas personas habrán experimentado
ya, por alguna persona, por algún animal, por algún lugar o por algún
olor. Malo fue entonces regresar a pensar en la forma en que conocía
antes a la jamaica: una serie de hojas rojas, hermosas, sí, pero secas.
Flores todas ellas en potencia, a las que se arrebató la oportunidad de
convertirse en flores de iure. Flores incomprendidas y malinterpretadas,
entendidas como un sabor hermoso y no como parte de un paisaje.
La
mujer comprendió entonces que estaba enamorada de la flor de la
jamaica, y que para poder salvarla y hacer que hubiera más como ella,
era preciso prohibir cualquier tipo de bebida o alimento hecho con hojas
de jamaica antes de convertirse en flores. Decidió entonces dedicar su vida a pedir tal prohibición a todos los gobernantes del mundo. Minutos después de tomar su
resolución, no obstante, se quedó dormida la mujer.
La
jamaica, que llevaba ya buen tiempo observando a la mujer, se alegró de
tener ahora oportunidad de comunicarse con ella. Tomó ventaja de que la
mujer estaba durmiendo, y se metió en su sueño. Así, sin raíces, lleno
de colores el espacio tras de ella, transfigurada, refigurada,
contrafigurada, se presentó a la mujer. Entonces, en un lenguaje de
humo, vueltas, estrellas y pasos, es decir, el lenguaje de los sueños,
le explicó que era muy su gusto ser bella y en ello ser flor; pero que
también era muy su gusto tener un sabor de paz y de mar en la tarde y de
juego de niños. Era muy de su agrado su aroma de flor, pero también era
muy de su agrado su aroma de hoja, su aroma de agua, au aroma de té. Y
así, en sueños, y aún inconsciente, la mujer aprendió que la jamaica lo
que quería era vivir siendo contento y golosina de sus cinco
sensaciones. Despertaría, exactamente, veintiséis minutos después de
dormir en paz escuchando la mezcla de viento, pequeño y flaco árbol,
flores y transfiguración.
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