miércoles, 19 de diciembre de 2012

Rapsodia

Caminaban. Sería más práctico si él la tomara de la mano, pero siguen aún siendo dos sombras, con una franja de luz entre ellas cada vez más delgada, disminuyendo lentamente pero con constancia.

Estaba el ambiente entre mucha gente, música, humo, luz con amplios contornos negros, y un ruido blanco, más bien de todos los colores, que lo cubría todo. Un amplio velo delgadísimo y blanco, más bien de todos los colores, que lo cubría todo, que hacía todo un poco más borroso y un poco más mezclado con lo demás.

Un buen tiempo caminando por esa masa de circunstancias pasó hasta que dejaron de caminar. Ahí comenzó entonces un viento que todo lo movía y que todo lo alejaba y lo acercaba con un gusto hermosísimo. El estar cerca se convirtió en estar más cerca. Estar más cerca se convirtió en abrazo. Abrazo se convirtió en mirada. Mirada se convirtió en un lenguaje que no se escucha, pero que se ve. Un lenguaje que se comprende a la perfección sin necesidad de entender ninguna palabra. El viento que todo lo alejaba y lo acercaba debía estar gobernado por una balanza que cada vez se inclinaba más hacia el lado de acercarlo todo. Y otra vez las conversiones.

Cuando se dio cuenta, todo comenzaba en mirada, y terminó en una mano tomada firme pero tiernamente de otra más pequeña. Sólo entonces él comprendió que ese día hallaría su boca.

Sus dos caras eran una sola cosa vista a contraluz. Unos labios en muy difícil negocio de buscar otros labios. Otros labios en muy trabajosa labor de no ser encontrados por unos labios, pero siempre manteniendo esa búsqueda, cerrando un ciclo pero encargándose de abrir otro, de hacer que todo siguiera dentro de esa matemática. Él buscándola a ella, ella tratando de no ser encontrada por él. Y todo dentro de un denso vaivén, cada vez más corto.

Él la vio a los ojos. Más bien, estudio qué veían los ojos de ella, y lo veían a él: a los ojos primero, a la boca después. Después todo lo nublaba un pensamiento: Esto está mal. Esto es mal pero es cada vez más inevitable.

Comenzó entonces una lluvia ligera de besos perdidos, de amenazas, de deseos. Eran, en efecto, como la lluvia. Primero las nubes van bajando poco a poco, desprendiendo humedísimo olor. Luego el agua comienza a aparecer, pero sólo en el pensamiento, en la memoria, para después tomar la forma en la que se le predijo, en que se le esperó. Pero esta vez no había agua. Esta vez llovían proyectiles que se estrellaron contra esa onda periódica que organizaba ese vaivén. Un beso en la frente, otro beso en la mejilla. Todos ellos ejemplarmente custodiados por abrazo.

En un momento inesperado, cuando la danza de aquellos acercamientos no lo predecía, (...)

CONTINÚA.