Fui. Existí. Apenas unos segundos, un suspiro tal vez, un parpadeo. La relatividad del tiempo está sobre todas las cosas.
Fui de soslayo, fui tangencial, fui luz. Fui.
Existí cual un impulso, cual un silencio. Existí.
Suyo, completamente suyo, de su mente y de su rostro y de su voz. Fui.
En su mente, en su respiración. Existí.
¿Qué importa entonces si no existo más, si existí? ¿Qué más da si fue durante una fusa, si fui?
Fugaz exhalación, mas suyo por completo. Existí. Fui.
NO LEER ACÁ.
viernes, 11 de diciembre de 2020
jueves, 22 de mayo de 2014
Cuento canción (completo)
Acercándose lentamente a la orilla del mar, una mujer de larga edad alcanzaba a distinguirse en el interior de un carro de alquiler. Los caballos del cual carro andaban un paso tranquilo y no se veían apresurados ni molestados de las voces de su cochero.
Hacía ya tiempo que la mujer repetía esta rutina. Tenía su mirada, que permanecía fija en el mar, un aire triste que daba para conocer que vivía en un estado de nostalgia permanente.
En cuanto viose llegada al hotel que constituía el destino de su viaje, descendió muy buenamente ayudada de una joven de hasta edad de unos 28 o 29 años que dedicábase a trabajar en esa venta u hotel en la ocupación de recibir, por un lado, a los huéspedes que llegaban y, por lado otro, a esa mujer. La joven prestó atenta ayuda a la mujer y acompañóla adonde el asunto de la última estaba.
El caminar de entrambas debíase ser calmado y sin vigor, según eran las cualidades únicas que su cuerpo podía dar a sus pasos. La figura menuda y encorvada de la mujer iba custodiada con rutina por la joven, que consideraba el dicho acompañamiento un descanso de su en extremo inmóvil trabajo. Llegóse, pues, tan irregular escolta a un lugar donde varias mesas había, y a ellas, gentes sentadas departiendo, comiendo y bebiendo.
La mujer conoció aquélla como su hora de comenzar a trabajar, y con decisión separóse de su anterior acompañante y con paso lento dirigióse adonde un piano de media cola estaba.
Sacó una llave y abrió una cerradura en la tapa del piano. De dentro de él extrajo un muy buenamente cuidado y tenido copón de cristal para luego de esto posarlo a su orilla, al alcance de quien pasase. Así pues, sentóse la mujer con mucha industria y esfuerzo y sólo entonces, por algunos segundos, el fantasma de tristeza y melancolía de la mujer desapareció, para después de unos segundos volver a iluminar ese rostro sereno.
Preparó la mujer sus manos e hizo armonioso acomodo de toda parte móvil del piano. Tomó aire con profundidad y comenzó a tocar el tristísimo Preludio número 4 opus 28 de Chopin. Era su interpretar despreocupado pero prolijo. Eran las notas derechitas y con colores vivos pero sombríos. Los trabajos que las cuerdas pasaban eran instantáneamente recompensados con el bonito acuerdo con que la armonía gobernaba a tantos tonos que iban naciendo según se transcurría el tiempo.
Después de un obligadamente conmovedor descenso seguido de un humilde y pálido estruendo, el preludio dio lugar al Vals del Danubio Azul de Strauss hijo. Las notas describían obviamente círculos hacia un lado y hacia el otro, según el movimiento, que se perdían de vista ante la mirada inmutable de la concurrencia, que aparentaba no verlas. Las corcheas y fusas eran como niñas que jugaban y las negras y blancas eran como adultas, pues actuaban como tales.
El programa tuvo muchos nocturnos, Música regional y algún preludio corto y vibrante. Parecía que Chopin mismo lo hubiese elegido. La mujer pasó, obviamente, por su Preludio número 15 y sin saber por qué, la mayoría de los comensales sintieron acercarse una lluvia tranquila y agradable, pero taciturna y persistente. Las Músicas se sucedían unas a otras al ser acariciadas por las muy acomodadas e industriadas manos de la mujer.
Hubo para este recital ojos y oídos que lo remitieron a una última prioridad, pero hubo también los que tuvieron que dejar de ver y de escuchar cualquier otra cosa que no fuera esa Música grande. Así, los últimos, privados de esa realidad, sólo hacían caso a los dos elementos que hacían Músicas en ese momento: el mar y, personificada como su hija, la mujer.
Justo enmedio de un laborioso movimiento de una sonata de Beethoven, la mujer se vio interrumpida en sus Músicas por la misma joven impecable y sonriente que buena cuenta de su acompañamiento y de su soporte diese dos horas atrás. La mujer suspendió en el acto su industria y comenzó a regresar en el tiempo, buscando el momento en el que el piano estaba cerrado y silencio, y ella no sentada a él.
Se incorporó trabajosamente, pero con una especie de energía nueva y triste. Fue a dar cuenta de los dineros modestos que en el copón habían dispuesto algunos comensales, y tomólos. Lista para regresar de donde había venido, se asió del brazo de la joven para comenzar a caminar el tramo de vuelta.
Quienes anduvieron hipnotizados con la Música que había hecho, no pudo evitar notar su semblante de tristeza y nostalgia. Acaso alguno o dos habrán descubierto, junto con la mujer, que esa cara reflejaba sólo felicidad, satisfacción tan elevada que no merecía ser representada con una mundana sonrisa.
Acaso alguno, el más cautivado de todos, en una especie de complicidad del pensamiento con la mujer, habrá visto llegar al igual que ella, esos personajes como globos de color verde, flotando, muy cómicos, muy divertidos y muy amigos, circulando por el aire, llamados de la Música hecha recién, y habrá acaso gesticulado una sonrisa que sólo en apariencia fue tristísima. Su sombra acaso habrá ido al encuentro de la sombra de la mujer y hablado muchas cosas con ella en el idioma de las sombras que, como muy bien es sabido, es muchísimo más fácil de hablar y de comprender que el idioma de las personas. Acaso habrá comprendido esa inmensa felicidad que habitaba en la melancolía de Música de la mujer. Acaso se habrá llevado con él algunos de aquellos personajes flotantes y mucha de aquella felicidad taciturna.
Acaso.
martes, 5 de noviembre de 2013
Entre otras.
Si alguien acaso quisiere conocer la majestuosidad del mundo, deberá escuchar el segundo movimiento, Largo, de la novena Sinfonía de Antonín Dvořák.
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