lunes, 23 de septiembre de 2013

En contra.

"Hacé lo que quieras." ¿Qué tendrá más sentido? ¿Un sistema de querer-hacer o uno de deber-hacer? Debe tener buen mérito seguir el camino que todos los demás siguen. El camino que nunca ha existido concretamente pero que toda la vida se ha seguido. Caminar detrás de otros a través de una línea de tiempo que a gran escala se adivina cambiante, pero que vista de cerca no parece más que lo mismo, la misma línea, repetida para todo el mundo. El saber qué es lo que tiene más sentido debería ser resultado de prueba y error.

Ahí está uno, queriendo dejar una marca para cuando ya nada quede, sin darse cuenta de que en realidad todo lo que conocemos y todo lo que conocen los que más saben, no es ni siquiera un despreciable punto enmedio de la inmensidad impensable del tiempo, pero del tiempo verdadero, del que no se ve.

Esos caminos idénticos, cambiantes sólo a través de muchísimos años, se dividen en otros caminos relativamente diferentes. Todos van al mismo punto, y todos pasan por los mismos lugares, pero son caminos diferentes. ¿Y si uno de ellos sale a un ángulo del que no se pueda recuperar? ¿Será que ese camino sin gobierno de dirección llegue también al mismo lugar que los demás? ¿No estaría bien si al final de cuentas se llega al encuentro de todos los demás caminantes? Al final de cuentas, existen infinitas trayectorias que puede seguir una serie de vectores entre dos puntos. Pero esos dos puntos seguirían estando en el mismo plano; los vectores serían solamente de dos dimensiones.

El problema es no saber a quién se sigue. Seguir a Euterpe y dejar de vivir en el mundo real, en el mundo del oro. Seguir a Melpómene, viviendo todo el camino con el deseo de seguir a Euterpe, o viceversa. Seguir a Erato, sintiendo que el camino se hace angosto y se pierden de vista los demás. Seguir ultimadamente a Urania, sin tener preferencia por ella, esperando un laurel más seguro. O seguir a nada; seguir a una nada gris y cuadrada. Esa nada que es preferida por la mayoría y que inclusive para muchos no es tan nada. Esa nada que es tan fácil y que da un laurel al que todos ven con ojos de aprobación, pero yo veo de papel, de aire, de nada.

Y al final resulta todo tan obvio. Tan obvio para uno y para los que saben lo que trae uno en sus arterias. Pero igual de obvio es de incierto, de borroso.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Miércoles. (1)

(Primera parte de "Miércoles", cuento originado en 2005 y recompuesto en 2013.)

Querías salir. De eso no había duda. Nadie tenía la culpa. No escapabas de nada. Simplemente te pareció que de tantos países que llenaban al mundo e impedían que fuera todo azul; de tantos países, te pareció, sólo conocías uno, después de casi diecinueve años de abrir los ojos. Así pues, no ibas a quedarte en San Matías toda tu vida.

San Matías era hermoso. Si alguien llegara a saber de su existencia, desearía pasar toda su vida alla. Pero tú ya lo conocías. Disfrutabas grandemente bañarte en el ojo de agua. Te sentías con mucho contento cuando llegabas a la cima del Cerro del Sol. Tu vida encontraba grande sosiego cuando te entretenías en mirar la gente pasar describiendo elipses en la Plaza Principal. En cual quiera de las plazas de San Matías, en realidad. Pero tú querías conocer el mundo. Ese mundo del que todo el pueblo contaba pero al que nadie conocía con precisión.

Todo eso estabas pensando cuando la viste. No sabías quién era, pero te enamoraste de ella. De hecho, tampoco sabías que te habías enamorado de ella en ese momento, aún así, ya no había remedio.

En un segundo ya volteabas a imaginar la forma en que hubiera dicho tu nombre, la cara que hubiera puesto. Y en otro segundo ya empatabas ese humo en forma de realidad con la imagen que veías. Ella sonriendo, apareciendo apenas en la orilla derecha de tu ojo derecho, invadiendo lenta y descaradamente tu campo visual. Ella hablando y buscando las miradas de atención de quienes la acompañaban. Ella mezclando a veces su hablar con sonreír, con hacer gestos, con parpadear (y en qué forma). Y en la vuelta a su caminar, caminaba ella pero tú no veías más que un desplazamiento gracioso, nada comparable con la vulgar empresa de caminar. Todo su pasar frente a ti se volvía música. Todo lo que la rodeaba se sumaba entonces a la dulce y rítmica música que era su pasar frente a ti. Las hojas de los árboles, las elimpses siendo caminadas por la gente, el sonido de sus discretos arranques de risa. Todo era acorde a su pasar frente a ti y no sólo eso. Todo era para que lo vieras sólo tú. Todo estaba en muy exacto ángulo para ser regalado a ti.

Alguna vez habías ya visto todo eso, pero nunca en tan perfecto concierto. De hecho, alguna vez la habías visto a ella antes. Probablemente varias veces, pero nunca te habías dado cuenta de su forma tan perfecta de parpadear. Estabas ahora seguro de que la habías visto antes, inclusive no podías dejar de pensar que habían vivido una vida juntos. Como círculos que ruedan en diferentes direcciones y se cruzan en un punto, cruzan su circunferencia y pasan luego por el mismo punto que los unió en un principio.

Eso sí: no era de San Matías, porque tenía el tipo de la gente que conoce el mundo. Que conoce al mundo y platica con él.

—Se llama (...)

CONTINÚA.